El pasado año escuchábamos su voz en los espacios deportivos de todos los telediarios nacionales, la voz de un árbitro que hablaba de juego limpio y diversión en un partido de fútbol infantil. Un discurso que recorría las conciencias de quienes lo escuchaban y que, a pesar de exponer una evidente lección de deportividad, se manifestaba como un hecho aislado. Conocemos un poco más a Javier Martínez, para desgranar algunos incómodo detalles sobre la violencia en el deporte.

¿Quién es Javier Martínez?

Soy un curioso empedernido, allá donde me dejan intento estar, meterme y  aprender. Fruto de una serie de coincidencias he ido descubriendo lo que me gusta y he caído en sitios donde he recibido, más o menos apoyo, pero en los que me he cruzado con gente que me ha dado la oportunidad de aprender, y me ha llevado a ser lo que soy: una persona, igual que cualquier otra, pero que disfruta como “no todos”, haciendo lo que hace.

Eres sociólogo y politólogo ¿Cómo trasladas tus conocimientos y formación profesional a tu labor como árbitro?

No sé hasta qué punto he podido plasmar los conocimientos adquiridos a nivel académico en mi labor como árbitro, quizá ha sido más la experiencia adquirida en las relaciones. El punto de partida para trabajar con personas, no solo como árbitro, es desarrollar la empatía. Siempre debemos intentar ponernos en la piel del otro desde la igualdad, interactuar de igual a igual. Un árbitro tiene responsabilidades, igual que los jugadores, pero no deben ser impositivas. En ocasiones, es cierto que nos enfrentamos a responsabilidades de autoridad que hay que ejercer, siempre y cuando se hayan descartado otras alternativas previamente. Por otro lado, cuando trabajas de corazón, cuando trabajas con pasión, cuando trabajas y disfrutas, los conocimientos académicos no son más que un complemento añadido.

Desde tu punto de vista ¿Cómo podríamos acabar con la violencia  tanto física como verbal en el fútbol o qué camino deberíamos seguir para minarlo a corto o largo plazo?

A corto plazo es muy difícil, a largo plazo hay dos enfoques. En primer lugar, las personas que se dedican a la formación de futbolistas deben estar formadas. En segundo lugar, debemos relativizar o plantear un escenario alternativo al que hoy día se conoce en el fútbol base. Si tomamos las estadísticas, sólo uno de cada cien mil jugadores llega a profesional, de modo que ¿qué queda de los otros 99.999? Nos encontramos con una remesa de personas frustradas a las que la única opción que se les ha planteado desde pequeños era el triunfo. Y, cuando no triunfan ¿qué alternativa queda? En estos casos, es precisa una formación que implique a todas las partes (padres, árbitros, entrenadores) en la que se plantee una toma de conciencia y se trabaje por un escenario alternativo en el que más allá de los resultados haya un proceso de aprendizaje: perder un partido muchas veces nos da más que ganarlo. Respecto a los padres plantearía si son conscientes del favor que le están haciendo a sus hijos insultando, presionando o exigiendo, contribuir a crear un clima de tensión solo consigue que los hijos se precipiten en el abandono del fútbol.

¿Qué opinas de las situaciones que se ven en la tele de padres pegándose entre ellos?

Estas situaciones responden a las expectativas que hay depositadas en ellos. Tenemos que dejar de ser hipócritas con nosotros mismos, y no meter a nuestros hijos a jugar al fútbol para cubrir el lastre y la frustración que arrastramos por no haberlo conseguido nosotros en su momento. Debemos dejar de inculcar metas pretenciosas que, posiblemente, nunca se cumplan y que no dependen solo de la calidad del jugador. Es preciso aprender a relativizar, no quiere decir que si no llegas a la cumbre es porque seas malo, es porque existe una cantidad ingente de variables que influyen en su consecución. El mayor enriquecimiento que te llevas en el deporte son las amistades, los momentos… La alternativa reside en disfrutar, en inculcar que el deporte es salud, relaciones personales, la adquisición de habilidades. Eso sí que es para toda la vida, no tiene fecha de caducidad.

De repente, tu popularidad subió como la espuma por un vídeo viral de una charla que diste en un partido de alevines ¿En qué momento decides comenzar a dar este tipo de charlas?

Cuando comencé a ejercer de árbitro me dijeron que por mi edad era tarde para ascender, tenía veinticuatro años y mis compañeros dieciocho o diecinueve. Tuve que reinventarme, mi objetivo era transmitir, cambiar, sumar y aportar algo diferente al rol que desempeño. Buscaba romper con el concepto de que el árbitro es el enemigo de todos, el que toma decisiones y dictamina en favor de uno o de otro. Por otro lado, hay una faceta del árbitro que todo el mundo olvida: es una persona igual que todos que se puede equivocar. El árbitro también es humano y como tal dialoga, siente, es cercano, se interesa, se preocupa, etc. Esta es la parte que empecé a trabajar. Me ofrecí como una figura que está para ayudar, para preocuparse por las necesidades de los jugadores y entrenadores, que se preocupa de que el juego sea juego y no una batalla campal, y que está para sumar experiencias. Habitualmente entro a los vestuarios antes del partido y recuerdo a los jugadores que más allá de la victoria está el juego limpio y el respeto, porque estos niños el día de mañana serán adultos y replicarán el modelo que hoy aprenden. Si nosotros, como adultos, les enseñamos un modelo de educación y respeto en un campo de fútbol, en el que la victoria cuenta, estamos ganando mucho de cara al futuro. Así fue como lo hice,me pusieron techo y lo rompí.

¿Quizá este vídeo se pueda tomar como un punto de partida para que se lleve acabo esa concienciación?

La toma de conciencia, cuando algo no se repite, se olvida. No lo sé, es cierto que aún sigue habiendo un poco de revuelo, pero creo que va a quedar como una anécdota. Son las instituciones las que tienen que tomar medidas, para que este modelo se lleve a cabo. El cambio conlleva tiempo y esfuerzo, para terminar con algo que está muy perpetuado y con lo que no sé hasta qué punto se puede o no estar de acuerdo.